
Sicilia formó parte importante de la antigua Grecia, constituyó un punto estratégico del imperio romano y sufrió las invasiones de bizantinos, árabes, franceses y españoles antes de unirse a Italia. Las huellas de cada cultura componen un variado país condensado en una isla.
Nos estuvimos bañando en las Isole dei Ciclopi, escollos de lava que, según cuenta la leyenda, fueron las colosales piedras que el gigante Polifemo arrojó sobre Ulises.
Vimos Palermo, la bella y decadente capital, y su rival, Catania, cuyos habitantes viven al más puro estilo “carpe diem” (menudo ambiente por las noches), ya que la sombra del cercano volcán Etna les recuerda lo efímero de los placeres de la vida.
En Taormina, los griegos se quedaron tan maravillados por el paisaje, que decidieron construir un teatro para sentarse a disfrutar de las obras dramáticas mientras disfrutaban de las vistas de las 2 bahías y el Etna. Inolvidable lugar.
Cefalú y Enna ofrecen agradables vistas de la costa y de los trigales del centro de la isla, pero si os apetece alejaros de las rutas turísticas, en la Reserva Natural de Vendicari os podréis dar un baño en sus tranquilas aguas cristalinas.

Para terminar, en Siracusa, la tercera ciudad con más horas de sol del mundo, se puede cenar el tradicional pez espada y ver atardeceres como éste.












